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Los divorcios y separaciones en familias con perros están en auge. Obviamente, no es un acontecimiento nuevo, pero lo cierto es que antes no había tantas familias interespecie, ni distanciarse del animal resultaba tan traumático para los dueños.

divorcio-perro

En la actualidad, muchas personas sienten un amor casi parental por sus mascotas (o sin casi), y cuando se rompe la pareja aparece un problema añadido: definir quién se lo queda.

Ya escribí un artículo sobre esto hace algún tiempo para la revista Ladridos. Dejo aquí el enlace:

Artículo en Revista Canina Ladridos

Si bien habitualmente se llega a soluciones amistosas, a veces esto no es posible, y el problema termina por judicializarse. Así, a cuenta gotas, se va delimitando una linea o tendencia de los Juzgados en este tipo de casos. El más reciente ejemplo fue la sentencia dictada por un juzgado de Valladolid el pasado lunes.

A modo de resumen, el litigio era el siguiente:

La pareja adquirió el perro en 2015; en el 2017 se separan, y comienzan un régimen de disfrute compartido del animal, distribuyendo también los gastos; ahora, uno de los propietarios desplazará su domicilio a cientos de kilómetros, por lo que quiere llevarse a Cachas (así se llama) consigo, pues entiende que le pertenece.

La solución propuesta por el juzgado es simple: tenencia compartida del animal por periodos de seis meses, con derecho de visita durante un fin de semana al mes.

Se aprecia, salvando las distancias, un cierto paralelismo con los regímenes de custodia compartida actuales. Digo salvando las distancias porque, en primer lugar, no hay un régimen de guarda y custodia del perro, y en segundo lugar, porque un animal permite un “margen de maniobra” mucho mayor que un niño o niña: no hay un horario escolar; tampoco un día de la madre o del padre; no existe una especial afección del perro por los días de navidad, etc.